Hablando desde Benjamin

 

NARRANDO LA VIDA

 

…soy una narradora, una caviladora.

Las ideas me agitan.

Susan Sontag

 

 

INTRODUCCIÓN

 

El epígrafe que antecede el trabajo es la causa por la cual quiero aportar al pensamiento y la reflexión, dejando claro la enorme distancia que existe entre S.Sontag y mi persona. Sin embargo con el ánimo de escribir lo que el espíritu ansía decir, trato de plasmar en ideas lo que se me va pasando por mi vida y que busca conceptuar mi cabeza, porque el misterio del hombre seguirá siendo tal en la medida en que podamos y dejemos que el abismo que trae la novedad de la vida no se apague.

Hace un tiempo cayó en mi poder un libro de Walter Benjamín el cual me cautivó en cuanto a su exposición en la interpretación de la realidad viviente. La existencia no es otra cosa que la posibilidad de descubrir lo que nos rodea y saber que, dándose cuenta de la realidad nos encontramos con nosotros mismos, seres únicos y absolutos en el universo, no hay otro ser como nosotros que nos permita ver la vivencia particular de cada uno.

La vida va marcando situaciones que nos permiten reflexionar y preguntarnos sobre las cosas que vamos viviendo tratando de sacar lo que ellas nos dicen y repensar, a la luz de las circunstancias existenciales, nuevas situaciones de la vida y de sus circunstancias.

Sontag dice que la tarea del escritor es representar las realidades, realidades que nos aparecen a los ojos o que nos representan en la imaginación, no es una máquina de reproducir cosas u opiniones, es vivenciar la verdad que aparece y plasmarla, según lo que se vive, en la escritura que fluyen en su interior.

En este ensayo o escrito o papel, deseo acercar algunas letras que se me han ocurrido a raíz de lo que desde la lectura de Benjamín y otros más, me han dejado para la reflexión y lo deseo compartir para poder socializar y profundizar, a través del pensamiento de los demás, esto que es una vivencia particular.

Que lo que se pueda leer sirva para que cada uno de los lectores se adentre en sí mismo y desde esta singularidad del propio sujeto mire su vida como algo novedoso y nuevo.

 

 

 

LOS LUGARES (HUMANOS)

 

 

Para poder volver,

hay que partir.

Monje benedictino

 

La mayor distancia existente,

es la que se encuentra

entre el cerebro y el corazón humano.

Anónimo

 

No hay ningún lugar especial más que el que uno mismo le da al que tiene en su interior. Por esto es importante saber cómo está el interior de cada uno de nosotros y en qué medida lo cultivamos

En la actualidad la existencia de los blogs, páginas web y el mismo internet nos han llevado a horizontes impensados anteriormente y nos han colocado en un mundo nuevo y diferente. No hace falta una gran carabela para cruzar los mares y encontrarse con los demás seres de los otros continentes, realizar un diálogo y comentar las culturas; solo con un nombre y una clave secreta, secreta hasta ahí nomás, llegamos a conectarnos y quizás comunicarnos con las otras personas.

Anteriormente los encuentros y sus formalizaciones llevaban a que el sentimiento acompañara muchas veces lo que se hacía. Un ejemplo de estas situaciones eran las cartas, recuerdo como esperaba las cartas cuando llegaban a la casa en donde nos encontrábamos y se iban diciendo los nombres nuestros y cómo la emoción nos llenaba porque alguien se había acordado de nosotros y ese alguien venía escrito en el remitente; después cada uno nos íbamos hacia lugares solitarios para poder leer lo que nos había llegado y, compartíamos a la distancia, la emoción de estar unidos aunque sea con una líneas que no estaban en el mismo momento pero que revivían la circunstancia de saber querer y sentirse querido. ¿Cuál era el tiempo real, el del que escribió la carta o el del momento en que leía lo que me habían enviado? Hace un tiempo leí algunos que relataban situaciones de vida de algunos coterráneos míos y me gustó encontrar en ellos la emoción que me trae el hecho de recordar la tierra de uno mismo, y me pregunté ¿qué pasa cuando nos hablan de los lugares en donde hemos vivido una parte de la vida, sobre todo de la infancia? ¿qué hay en esos relatos que traen emociones y estremecimiento del corazón?

El tiempo es una categoría sustancial de la vida humana, sin él no podemos movernos o realizar actividades, aunque simplemente es una formalización nominal de una situación a la cual no estamos facultados para entender como son el suceder de momentos: noche, día, luz, sombra, calor, frío, etc.; nos permite realizar nuestra vida cotidiana de acuerdo con los demás.

Lo que pasó ya no está con nosotros sin embargo cuando recordamos ese tiempo revivimos el sentimiento con el cual lo hemos cruzado. La muerte de un amigo por un ataque de asma hace unos 20 años atrás lo recuerdo en cada paso sucedido, el lugar en que se nos dio la noticia, la reacción que tuve, el caminar hacia el lugar del suceso, el ambiente que vivíamos todos, su velatorio, la llegada de sus seres queridos; ¿por qué tanto recuerdo pasado? ¿es solo un recuerdo o es aún una vivencia actual.

Los tiempos actuales hoy siguen marcando la vida y los sucesos, las cosas que hacemos están signadas por nuestra propia vida y los sentidos que queremos darle a cada cosa que realizamos. Andar los caminos nuestros son parte del significado que queremos darle a la vida y dejarnos afectar por lo que nos pasa.

Solemos andar en la ciudad por muchos lugares o recorrer los mismos senderos todos los días sin encontrar el sentido a lo que hacemos, sin darnos cuenta de que muchas cosas las realizamos de forma mecánica y repetitiva, como el rebaño que sigue en manada las cosas sin darse cuenta de lo que está haciendo. En el metro me encuentro con rostros amargados, cansados, serios y poco amables en el atardecer de todos los días; podría suceder algo diverso en las mañanas, pero no es así también los rostros se repiten con la misma mufa y desolación de todos los días, ¿entonces? ¿vivimos infelices todos los días? Es como que la vida nos pesa y el mismo calendario pasa sus hojas matando la vida y destruyendo los sueños para lo cual queremos vivir.

 

Cruzamos calles y edificios, tanto como cruzamos a las personas, poco importa las facetas de los lugares, no hay tiempo para detenerse y contemplar las cosas, no hay espacio real (temporal) para poder mirar tranquilamente las cosas; lo importante es hacer otra actividad que ocupe nuestro espacio libre de acción. Pasamos edificios sin detenernos a ver que cosa nueva puede decirme y desde eso nuevo hablar de algo diferente.

En este tiempo fabricamos lugares, armamos circunstancias y esos lugares forman parte de nuestra propia vida. Hay lugares importantes y otros sustanciales.

Los lugares importantes son los cotidianos, los que nos permiten vivir, los que nos permiten ser con los demás, estar con los demás y hacer las cosas que nos hacen ser con los otros. La vida familiar es importante, el trabajo es importante, las compras al supermercado o a la tienda para abastecerme de lo elemental para mi vida, los lugares colocados para el transporte público que me permite desplazarme de un lugar a otro, el hospital o sanatorio en donde visito al médico que me analiza y me ayuda en mi vida física, el estadio de deportes: fútbol, básquet, voley, rugby en donde puedo distraerme y seguir al equipo de mis amores y soñar con un final siempre feliz y en fin muchos lugares más que nos permiten analizar y ver nuestra vida según lo que vivimos cotidianamente.

Pero están los lugares sustanciales los cuales nos otorgan la capacidad de encontrarnos con lo más importante de nuestra vida, con lo más fundante de nosotros mismos, que pueden ser los lugares importantes pero que nos permiten llegar más allá de lo que simplemente aparece y entonces se convierten en lugares que son fuertemente defendidos por nuestra misma vida y que incluso cuando son derribados o mueren o cambian nos provocan dolores tan profundos que no hay nada que nos lo pueda calmar. ¿Quién de nosotros no recuerda esto?, ¿quién no tiene un lugar tan exclusivo que le permite desarrollar su pensamiento envuelto en una tenue brisa de sentimientos que nos lleva a un lugar especial. Estos lugares son los que nos ayudan a ser nosotros mismos, los que nos dan identidad y los que nos permiten ser seres humanos, con existencia histórica y real, nos permiten unirnos a nosotros mismos y ser lo que realmente nos hemos propuesto, representan los ideales fantásticos con los cuales nos identificamos y por los cuales queremos vivir.

Sucede que hay dos falencias: los que no tienen lugares sustanciales porque nunca llegan a descubrirlos o construirlos, o porque lloran indescriptiblemente su destrucción. Los primeros son los que no han tenido la oportunidad de desarrollar su potencial interno para la construcción de su propia vida, lo cual los lleva al vacío de la existencia, y los segundos son los que solamente se quedan mirando lo que ha sucedido hace mucho tiempo y son incapaces de poder construir desde lo que ha sido, lo nuevo que tienen como futuro, son los melancólicos eternos de los tiempos idos que fueron mejor y que ahora están en un marcado “trasnoche sustancial”.

Saber descubrirse y saber proyectarse son situaciones necesarias de aprenderlas para no quedarse simplemente en la imposibilidad de hacer algo o en la incapacidad de poder mirar y virar hacia el futuro.

 

 

(NOS PERMITEN) EL ENCUENTRO

 

 

En el medio del tiempo se realizan los encuentros.

No somos seres aislados sino seres enredados y amasados unos a los otros. Veamos un poco esta circunstancia.

Estamos aislados cuando no queremos y elegimos estar solos sin nadie, cosa imposible desde mi punto de vista, pero admitamos que tenemos una posibilidad de ser sin los demás, son los momentos necesarios para pensar alguna cosa nuestra que hace referencia a la capacidad de estar con los otros, en pensar que cosa hemos hecho de bien o nos hemos equivocado en nuestro camino vital. Pero aún ahí estamos con los otros aunque más no sea con el pensamiento. Nos necesitamos, precisamos de los demás y nos hacen falta aunque más no sea con un sentido pragmatista y utilitarista.

Los encuentros son los que nos hacen seres humanos, en el encuentro podemos identificarnos porque podemos ser otro con el otro, solo allí podemos tomar conciencia de que tenemos identidad y podemos hablar desde lo que realmente somos y nos conocemos.

Los encuentros le dan sentido a los lugares y recordamos los lugares por los encuentros que hemos tenido en ellos, de otra forma nada nos diría de un campo seco o de un árbol arrojado por el agua que yace sin sentido a la orilla de un río; allí en esos lugares que para los demás son simplemente lugares pasajeros, para nosotros son lugares vitales porque nos rememoran situaciones y personas que le han dado sentido a esas imágenes.

Cuando no tenemos capacidad para crear encuentros, entonces los lugares son fríos y los pasamos como si nunca pudiésemos descubrir la bonanza de las buenas cosas.

Benjamín habla de los cafés en los cuales ha podido estar y que marcan el pulso de la ciudad. No tengo sus experiencias de París, Berlín y otros lugares suyos, pero a raíz de esta reflexión puedo sumergirme en mis experiencias y sacar a luz el pulso de otros lugares que me llevan a decir cómo es la persona que fomenta y vive la cultura del país.

Nada es especial o tiene sentido profundo si la persona no busca cultivar por sí mismo la manera y forma de ser y estar en las situaciones y lugares de encuentro. Me parece que la superficialidad de vida esta dado por la poca capacidad para encontrarse con uno mismo para, a partir de allí, ser capaces de fomentar y querer encontrarse con los demás. Todo encuentro supone desafíos y propuestas, de animarse a realizar nuevas comunicaciones y dejarse cuestionar por los demás mundos pensantes.

Nuestros encuentros están marcados por el frenético reloj de la producción, y la producción nos convierte sin miramientos, en una máquina de hacer cosas. Miremos. Semanalmente el despertador-música-televisor nos vuelve a la realidad de todas las mañanas a la hora estipulada en la que lo hemos programado para poder iniciar el día; nos deslizamos en el transporte público o privado en la hora en donde hay más movimiento soportando los embotellamientos-tacos con espíritu de resignación e indolencia; presentamos revista de tarjeta o digital en el lugar de trabajo a la hora indicada, realizamos nuestros menesteres en la oficina, despacho, transporte, o lo que sea en donde producimos el trabajo, recibimos semanal, mensual o anualmente la evaluación correspondiente a la producción lo que nos ocasiona una saturación emocional de tal forma que nos asusta el simple hecho de quedar sin trabajo por no haber satisfecho las expectativas de otros; regresamos a nuestro hogar casi de la misma forma con que habíamos salido: saturados de gente, con el ingrediente que hemos consumido fuerzas y estamos más cansados que al inicio, finalmente en la casa de uno o de otro, por el arriendo-alquiler, nos encontramos con las problemáticas de la vida hogareña. Si nos detenemos un poco a mirar lo que hicimos en el día ¿qué hemos hecho por nosotros mismos o cómo hemos reconvertido lo que hicimos por los demás para que sea un producto para nosotros? ¿qué momento de descanso nos hemos tomado para mirarnos y transformarnos interiormente? Tendríamos que mirar si al final del día nos encontramos felices por lo que hemos hecho o la vida nos pesa como un container de muchas toneladas.

¿Por qué entonces nos cuesta mucho entender la causa por la cuales las personas en la actualidad buscan mucho las terapias de sanación, los lugares de silencio y encuentro con el propio yo más profundo?, el por qué buscamos en las cartas de lo que sea lo que puede llegar a suceder en el futuro; estamos cansados de correr sin sentido para llegar al final del día, ojalá que no de la vida, sin haber hecho nada por nosotros, todo lo hemos realizado para los demás, porque los demás nos lo pidieron y lo que nos dan son unos cuantos pesos que, a veces, se nos van en pagar todas las cuentas que el gobierno del momento nos pide aduciendo la necesidad de estabilizar el Estado. Vivimos sin conocernos y morimos sin saludarnos y el olvido se adueña de la memoria como signo de que nuestro paso no ha dejado nada existencialmente válido.

En mi experiencia aún sigo llorando junto a la tumba de mi padre su partida de hace varios años atrás, no es de tristeza, aunque algo de eso hay, sino más bien el deseo de no querer olvidarlo, de retenerlo en mi memoria, no como una ausencia trágica sino como una presencia motivante que me impulsa a vivir lo que me enseñó y hacer realidad en la actualidad lo fundamental de su vida, haber sido mi padre, y en este momento, ser el abuelo de mi hijo.

Si los encuentros no son para moldearnos en la humanidad, estamos perdiendo el tiempo de la vida en cosas que nos desvalorizan y desgarran el corazón de forma física, con los infartos y problemas de presión, y de manera espiritual, con la sequedad de mirada y la insensibilidad afectiva.

 

            Muchas veces hemos charlado y hasta discutido con mi señora y algunos amigos de la familia, sobre la relatividad y sus consecuencias. Claro desde el principio que regula la esencia física de las cosas hasta el modo como esas situaciones influyen en el devenir de lo histórico, hay un trecho muy grande y de muchas posibles posturas y decisiones.

            El relato que comenta Susan Sontag (2007: 171) es elocuente, ¿quién habla inglés? ¿el originario de Inglaterra o el nacido en Estados Unidos? o parangonando esta situación ¿quién es el americano, el que vive en el continente Americano o el nacido en los EE.UU.? y lo que para uno es importante quizás para otra cultura o formación simplemente es una simple cuestión pasajera, ¿entonces, que es lo fundamental o que lo accesorio?

            La relatividad la encontramos también en las relaciones que formulamos, en las relaciones que vamos construyendo; estas hablan de la manera con que tratamos a los demás: solamente nos sirven y los tiramos o son personas importantes. Parece que hoy es difícil encontrar personas que deseen perder el tiempo con nosotros, que busquen armar humanidad con un estilo que incluya el cariño y la búsqueda del otro por el otro y no por un trueque que incluye el cariño, te doy o facilito esto para que me concedas algo que preciso. El mercantilismo nos ganó no solo los bolsillos sino el mismo corazón: no saludamos, no decimos gracias, no respondemos a las gracias, no atendemos bien, somos simplemente un número más de las listas o de los documentos, damos información personal y nos devuelven un plástico, un recibo, un cheque: hemos comercializado el encuentro, hemos facturado el servicio y hemos digitalizado la persona con un número. Parece que hay que pedirle perdón a la persona que te atiende porque lo sacas de un momento importante en su vida y tener que atenderte es un suplicio o un sacrificio desmedido. Aún me queda grabada la figura del muchacho que me atendió en la estación de ferrocarril de Barcelona cuando llegué a la ciudad sin conocer nada del lugar, y buscando la forma de llegar a la dirección indicada, el hola con el que me recibió y la indicación precisa que me facilitó fueron notables, aunque más notable fue su forma de atender en un momento en donde no conocía a nadie y buscaba ansiosamente llegar al lugar que andaba buscando, ¿por qué nos cuesta tanto hacer simplemente el gesto humano de gratitud o simple atención en el momento indicado?

            El cambalache que hace mucho tiempo fue escrito y cantado con la voz arenosa del tango, se fomenta y vive en la actualidad, no importan ni tienen interés las cosas que realizamos y realizan los demás con nosotros, estamos cegados y cansados de tanto andar.

            Lo que sucedió ayer ya no tiene importancia en el hoy, lo que hicimos en un momento determinado de la vida ya no posee peso preponderante. Hemos perdido lo fundamental, nos hemos quedado con lo que aparece y solo nos gusta, lo que nos hace felices aquí y ahora. ¿Qué es lo importante, una cuenta corriente con mucho dinero adentro o una sonrisa alegre y satisfecha de un niño que goza con la vida? Irónicamente queremos vivir más para tener mas tiempo de existencia, pero la existencia está llena de problemáticas que van desde el pago de la cuenta de luz hasta la renta por el porvenir de la jubilación que nunca llega; no le dejamos espacio de tiempo a los niños para que vivan sus vidas de niños, queremos que sean adultos y piensen como adultos ahora y ya, comienzan una educación de calidad, en los papeles y discursos, a la edad de 4 años, cuando no antes y viven una jornada escolar completa por no decirle jornada deshumanizante completa porque los mayores no podemos ni tenemos tiempo de dedicarnos un poco a su vida y a sus espacios, les damos tantas tareas para la casa que a la edad de 8 años ya viven el incesante e incoherente stress de la vida, ¿qué queremos hacer con ellos?, ¿qué mundo dejamos a las demás generaciones? Hemos decidido atontar la vida y oscurecer el espíritu del crecimiento.

            Por otra parte en la etapa adulta nos dedicamos a ser jóvenes porque no queremos tener ni arrugas, ni canas, ni rollos con gordura insana; por esto nos hacemos todos los cortes y recortes posibles para parecer un poco más joven y con menos edad. El frente de lucha no está en los frentes de batalla, las batallas están en nuestro propio interior.

 

 

(PARA) CULTIVAR EL ESPÍRITU

Miran pero no ven,

escuchan pero no entienden

Jesús de Nazareth

 

“De ti ha dicho mi corazón:

busca mi rostro;

yo busco tu rostro...”

(Salmo 27,8)

 

            Nada se logra sin el hábito de cultivar internamente las capacidades y estas cosas no lo dan las ciencias ni los grandes conocimientos sino los maestros que saben enseñar más allá de los conceptos qué hacer con ellos y cómo vivir junto a ellos.

            Sabemos que la sabiduría no consiste en amontonar conceptos o repetir conocimientos emanados de libros o artísticamente aprendidos, sino en la capacidad con la cual, de lo que conocemos, hacemos uso adecuado de ellos para leer nuestra vida y el transcurrir del tiempo.

            Andando por la ciudad, muchas veces me encuentro en que no hay posibilidades para cultivar lo más profundo de la vida de cada uno de nosotros, el apuro y la mercancía nos hacen perder el valor de lo absoluto o lo perpetuo. Debemos llegar a tiempo al trabajo, a la casa, a una reunión, a un lugar determinado antes que cierre, al banco a la caja de jubilaciones, a… muchos lugares en donde debemos firmar o decir que estamos allí. Debemos comprar para estar a la altura de las necesidades impuestas por un deber ser determinado que nos dice que es mejor lo último en tecnología o en ropa o en alguna oferta que se nos mete por los ojos y nos mueve el corazón para adquirirlo, y una vez adquirido ¿qué sucede?

            Estar junto a otra persona y conversar sobre las cosas que nos suceden muchas veces quedan calladas.

            En Santiago de Chile es difícil hablar de uno mismo, no hay espacios para poder compartir y describir lo que nos pasa, lo que nos amarga la vida y lo que nos deja sin aliento, no hay ofertas que nos permitan mirar más allá de los edificios cargados de smog, de tierra y estiércol de palomas; en invierno el aire se enrarece por el frío y atrae todo tipo de peste respiratoria y en verano el calor te agobie con su ola majestuosa de sudor y dolor.

            Los antiguos eran favorables de los lugares apartados y solitarios para poder llenarse de la amplia magnitud que les permitía ver el horizonte hacia donde se dirigían. Siempre para cultivar lo más profundo de la vida de las personas era conveniente que se tratara de adentrarse dentro de uno mismo y a partir de allí poder dar el salto o el paso hacia la realidad de los demás, creo que es imposible mirar a los demás y a las demás cosas sin hacer un hincapié en la propia realidad y la búsqueda de la interioridad de uno mismo. Los ejemplos abundan desde los griegos frente a su mar azul y la inmensidad de su profundidad que los invitaba a la reflexión hasta la llamada a la contemplación que realizaban los monjes en la Edad Media como factor de encuentro con lo sobrenatural.

            Es complicado en la actualidad encontrar un lugar para poder encontrarse con uno mismo, para pensar sobre uno mismo. Hace un tiempo estuve en una biblioteca, de última generación en el medio, al lado mío estaban dos adolescentes, uno de ellos tenía un sin número de ventanas abiertas de chat con una música fuerte que le servía de fondo, era impresionante como se comunicaba con las demás personas a una velocidad inaudita para mover el mouse y para escribir, sucede que uno de los interlocutores se encontraba a tres metros de allí pero de frente a una computadora; al otro lado estaba otro con un video juego y su música de fondo que le servía de concentración a su trabajo. En el medio me encontraba yo, tratando de concentrarme en lo que deseaba escribir, armando las ideas necesarias para culminar algo que deseaba pensar; reconozco que me costó mucho más de la cuenta. Estos cambios de lenguaje, hasta podemos decir de paradigmas, hablan de una necesidad distinta de estar, ¿se cultiva el espíritu? ¿cómo llegamos a vivenciar lo que desean y de qué forma llegan a la concentración estas nuevas generaciones?

            El cultivo es algo que lleva tiempo y paciencia para lograr el objetivo final. El tiempo, que es necesario a todas las cosas con las cuales interactuamos diariamente, es una categoría ante la cual no podemos estar ausente, nos movemos en él y necesitamos saber esperar a que ocurran las cosas, sucede que la vertiginosidad con la cual se “navega” es tan alta que lo que deseamos al momento lo tenemos, que lo que buscamos en seguida esta en la pantalla con un solo “clic”. Esta dimensión lleva a que la paciencia se pierda cuando no se obtiene lo que se desea de forma inmediata y no se tenga la constancia para saber esperar y “darle tiempo a las cosas y los acontecimientos”.

            Podemos añadir a esta dimensión, todo lo que significan las políticas educativas actuales que no llevan precisamente a pensar la vida, sino a ver que es necesario al mercado, “que tipo de persona necesita el mercado para realizar su trabajo”, no importa la persona, solo las herramientas que tenga desarrolladas para poder efectuar adecuadamente el trabajo requerido, ¿pensar? no es necesario otros lo hacen por él, solo necesita obedecer lo que se le dice y efectuar “eficientemente” su labor para lograr los objetivos que se desean tener en la empresa alcanzando niveles “óptimos de calidad”, ¿qué significa todo esto? nadie lo sabe, pero se supone que si no se está de acuerdo con los que dicen los dueños de la sucursal empresarial de la multinacional en donde se trabaja, el despido está en la mano del que detenta el poder.

            El tiempo para pensar lo que hacemos, bien gracias. No hay ni tiempo para detenerse un poco a mirar lo que le sucede a los que nos rodean, no disponemos de un espacio para un tiempo libre, mirar televisión, y gozar de lo que nos reconforta el corazón. El mismo ritmo que nos impone la sociedad nos deja vacíos y extraños a nosotros mismos. En muchas ocasiones me pregunto: ¿qué hace la gente cuando va en un colectivo, micro o metro? ¿en qué realidades piensa cuando comienza la jornada y sobre todo cuando está de regreso a su casa?

            No hay maestros que no puedan enseñar aquello que primero no hayan sabido buscar en la profundidad de su propia persona para, desde allí, enseñar, mostrar y acompañar a los demás en el camino de la perfecta humanidad. Lleno está el mundo de ejemplos de estos tipos de seres humanos que adquieren la profundidad de sus vidas en la hondura de su espíritu.

            No es difícil encontrar a los seres humanos que con su mirada acosan, perturban, poseen y cosifican; es más complicado encontrar personas que sean capaces de donar su vida y la ofrezcan con sencillez de presencia y con profundidad de mirada.

            Me parece que esta sociedad plagada de intereses comerciales y presupuestos económicos no nos deja lugar para ser fraternos, nos cuesta hacer algo bueno, nos cuesta pensar que la vida es más que un pago de impuestos y una búsqueda frenética por tener más. Hoy en día es gratis pasear por los mall, construcciones de cemento, mirando el comercio que se ofrece en las diferentes vitrinas y que otros han pensado y armado para nosotros, sin embargo hay que pagar para poder ingresar a un campo, para pisar el pasto, para caminar por un aire libre, para gozar del aire del mar, para andar descalzo por la arena mojada; nos han cambiado el formato: a lo natural hay que pagarlo y a lo artificial hay que gozarlo, ¿no era al revés? Estamos sentados frente a una máquina que nos comunica con otra persona y no tenemos tiempo para hablar frente a frente con los demás, la mirada de los otros me molesta, el estar con los demás me perturba, lo natural y humano de la otra persona me cuestiona, prefiero el anonimato que me permite la trasgresión y la ilicitud.

 

El cultivo del espíritu me permite tener humildad vital y colocarme en camino de búsqueda permanente, de peregrino continuo.

Tener una actitud de búsqueda y dejarse emocionar y sorprender es tener un corazón puro y limpio para no tener prejuicios anteriores a lo que vemos y lo que escuchamos.

Si tenemos limpio el espíritu, entonces podremos alegrarnos con lo que vamos descubriendo y, a al vez, queriendo ir más allá porque la búsqueda nunca se termina, aún cuando estemos en el último suspiro habrá cosas que nos quedarán por saber, conocer y sobre todo contemplar.

La contemplación no es solo para los monjes enclaustrados, aunque ellos lo viven en modo más profundo y haciendo de este estilo de vida su opción existencial, sino para todos los seres humanos, por esto, aún en la ciudad es posible contemplar y tener actitud de desierto[1], elemento importante para poder entender la reflexión y su hondura.

En años anteriores se ha desarrollado una extensa bibliografía sobre la capacidad de pensar en el desierto y de hacer escuela de desierto como actitud para la búsqueda de la verdad y de la verdad interior que está en uno mismo[2].

Ahora la pregunta es ¿a qué llamamos desierto en la actualidad? y ¿es posible vivir algo así en la cultura de la globalización y comunicación? No me parece descabellado pensar que la propia existencia nos permita vivir momentos de desierto e incluso más, creo que el que es incapaz de vivir con su desierto pierde su humanidad.

La reflexión no es la fuga de lo cotidiano (P. Ricoeur) sino aquello que nos permite tomar distancias de la monotonía o de la segregación que ocasiona la rutina para darle una altura de sentido a lo que sucede y lo que hacemos. La pereza y el aburrimiento enmarcan la degradación; por el lado de la pereza, cuando no hay voluntad para luchar, para cambiar las cosas, para verlas de un modo nuevo y distinto, provoca oscurecimiento de la voluntad para poder hacer algo; por el lado del aburrimiento es la incapacidad para encontrar en la fuerza de la razón un motivo para pensar, todo esta dicho, todo está dado no hay más que hacer y cambiar.

A veces me da la impresión que estamos metidos en un tiempo que no nos permite adentrarnos en lo más importante para nosotros, en la vida de cada uno, en las cosas propias de nosotros. La misma sociedad nos lleva a no hacer cosas por nosotros mismos sino para que los demás nos aplaudan o nos digan cosas bonitas.

Para el cultivo del espíritu es necesario el silencio y la contemplación, la capacidad de ingresar en uno mismo y encontrarse a sí mismo. A veces estamos lejos de saber cómo hacerlo o cómo vivirlo interiormente, estamos cegados por la cultura de la facha, de la apariencia, del físico que necesita cultivarse al extremo, y se nos va la vida tratando de trabajar para tener más o mejorar la imagen, dejando de lado lo más valioso, el encuentro de personas desde la profundidad del conocimiento y el amor hacia uno mismo y los demás.

 

 

 

 

 

CONCLUSIÓN

 

La propuesta a esta situación no se debe dejar esperar o bien intentar unos esbozos de posibilidades.

Lo humano es fundamental, no es posible cosificar el encuentro entre personas, no podemos comercializar la vida hay que optar por una posibilidad mejor de ser y estar viviendo en lo que nos sucede todos los días.

En este camino el educar es fundamental.

La propuesta es pensar la vida, percibir lo que somos sin caer en la ceguera del aburrimiento o desesperación sin sentido; no podemos dejar pasar la oportunidad de pensar lo que nos pasa y de ver lo que queremos ser con lo único que tenemos y no necesitamos comprar: la libertad. Pero una libertad pensada y no angustiada ni facturada por otros que nos obligan a movernos según ellos/as quieren, libertad que implique toma de posición personal y única dejando de lado lo que nos impide ser seres humanos de sangre y huesos. La invitación es a pensar la vida y no dejarnos arrastrar por lo que únicamente aparece en el horizonte de algunos seres, animarnos a romper esquemas y moldes diseñados para favorecer y construir nuestros propios esquemas, nuestros propios ideales, nuestras propias utopías.

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA

 

ARENDT, H. (2001). “Hombres en tiempos de oscuridad”. Gedisa, Barcelona.

BERMAN, M. (1989). “Todo lo sólido se desvanece en el aire. La experiencia de la modernidad”. Siglo XXI, Buenos Aires.

GIANNINI, H. (1987). “La reflexión cotidiana. Hacia una arqueología de la experiencia”. Editorial Universitaria, Santiago de Chile.

KOHAN, M. (2004). “Zona urbana. Ensayo de lectura sobre Walter Benjamín”. Grupo editorial Norma, Buenos Aires.

SONTAG, S. (1986). “Walter Banjamin: el último intelectual”, en Vuelta 1, Buenos Aires.

SONTAG. S. (2007). “Al mismo tiempo. Ensayos y conferencias”. Editorial Sudamericana, Buenos Aires.

 



[1] Término utilizado en la introducción realizada por Paul Ricoeur al libro de H. Giannini (1987)

[2] Un ejemplo de este tipo de trabajo lo ha realizado Carlo Carretto con dos obras fruto de su experiencia de vida y búsqueda como son las Cartas del Desierto y El desierto en la ciudad.

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